10.20.2006

Rey Lea

¡He aquí la excelente estupidez del mundo; que, cuando nos hallamos a mal con la Fortuna, lo cual acontece con frecuencia por nuestra propia falta, hacemos culpables de nuestras desgracias al sol, a la luna y a las estrellas; como si fuésemos villanos por necesidad, locos por compulsión celeste; pícaros, ladrones y traidores por el predominio de las esferas; beodos, embusteros y adúlteros por la obediencia forzosa al influjo planetario, y como si siempre que somos malvados fuese por empeño de la voluntad divina! ¡Admirable subterfugio del hombre putañero, cargar a cuenta de un astro su caprina condición! Mi padre se unió con mi madre bajo la cola del Dragón y la Osa Mayor presidió mi nacimiento; de lo que se sigue que yo sea taimado y lujurioso. ¡Bah! Hubiera sido lo que soy, aunque la estrella más virginal hubiese parpadeado en el firmamento cuando me bastardearon.

10.18.2006

Fue verdad

Hoy paso una paloma y me cagó…

Tenía a cincuenta mil en las tribunas y veinticuatro en el campo y me vino a cagar a mí que estaba fuera del estadio.

10.17.2006

Aterciopelada enlucir luna


Los adolescentes no saben divertirse si no es con un teléfono celular, una computadora, un playstation, TV cable o un dvd, tendríamos una catástrofe mundial con el suicidio en masa de adolescentes sin motivos para vivir, una época sin imaginación.

No hace mucho nos divertíamos de forma sana, sin tecnología alguna, no era posible jugar siempre ya que dependíamos de los caprichos del tiempo y en ese entonces no teníamos a meteorología cada 30 minutos por TV para darnos el pronostico, era cosa de suerte, esperar que el viento se levante repentinamente, que en el horizonte se tiñera de un rojizo en tres líneas grises y las nubes se remolinaran, esperar que el cielo se cubra sobre nosotros, ese era el momento de divertirse, un juego sano, denominado “cazando rayos” suena peligroso pero no lo es, sin ningún instrumento tecnológico salíamos en medio de la tormenta a cazar rayos.

Simple y sencillo, nos poníamos a esperar que un rayo hiciera su aparición en el cielo y en ese momento, a correr, enfilamos directo a su caída, pero antes de llegar desidia caer al lado opuesto a nosotros, una y otra vez la misma cosa. Se nos ocurrió que podríamos salir uno para cada lado y cuando éste decidía cambiar de dirección uno de nosotros estaría del otro lado y lo atraparía… pero no era así. Cuando estábamos convencidos de capturar alguno éste desidia caer al lado opuesto, llegamos a pensar que era un complot, que era más de uno los que decidían caer. Por eso planeamos una estrategia, ¿engañaríamos al rayo? Cuando éste se asomara entre las nubes correríamos así él pero en un instante cambiaríamos de dirección y ahí si lo atraparíamos.

Pero no… nunca llegábamos a tal hazaña. Pero era divertido como cazar luciérnagas, algo más veloces.

Para, Laem, moría lúdela

10.16.2006

Como reflejarse a un espejo


Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos.
Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo.
En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañana siguiente se había suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser enteramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre Armando, pensar que parecía tan fuerte y saludable».
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

10.15.2006

Simple verdad


Ésta es una historia de tiempos y de reinos pretéritos. El escultor paseaba con el tirano por los jardines del palacio. Más allá del laberinto para los extranjeros ilustres, en el extremo de la alameda de los filósofos decapitados, el escultor presentó su última obra: una náyade que era una fuente. Mientras abundaba en explicaciones técnica y disfrutaba de la embriaguez del triunfo, el artista advirtió en el hermoso rostro de su protector una sombra amenazadora. Comprendió la causa. "¿Cómo un ser tan ínfimo" - sin duda estaba pensando el tirano - "es capaz de lo que yo, pastor de pueblos, soy incapaz?". Entonces un pájaro, que bebía en la fuente, huyó alborozado por el aire y el escultor discurrió la idea que lo salvaría. "Por humildes que sean" - dijo indicando el pájaro - "hay que reconocer que vuelan mejor que nosotros". Bioy Casares